author image

Ignacio Beamonte

Divulgador y Asesor de salud con más de 40 años de experiencia.

  • Lun a Sáb 9a.m. a 7p.m. | Dom 12a.m. a 4p.m.

Tel.

(646) 176-1005 y 176-1040

Dirección

Ave. Espinoza #313, Col. Obrera. CP 22830

Archivos de etiquetas: Agresividad

La conducta antisocial empieza desde el nacimiento 

O como decía mi abuelita: la educación se mama

El primer contacto de la madre con su bebé después del parto es crucial, de lo contrario, se podrían tener comportamientos antisociales; tal es el caso de menores en orfandad y de quienes al ser rechazados por sus padres pueden padecer déficit de atención o conductas agresivas. En la vida hay varios periodos críticos del desarrollo, como el parto y el posparto, ya que en éstos se fundamentan las conductas sociales. 

Cuando a los niños se les aísla del seno familiar o son abandonados, y no reciben los estímulos táctiles de calor o protección materna, presentan alteraciones conductuales de tipo sexual, hiperactividad, aprendizaje o agresividad e inseguridad. 

La chichi no sólo alimenta: también educa. 

La conducta maternal apoya el desarrollo neurológico y no es suficiente con solo alimentar a los bebés: hay que hacerlo con afecto, porque su sistema neurológico “también mama”. 

Niños que tienen alimentación, protección, e incluso estímulos programados, pero carecen del calor familiar y maternal, se aíslan y se les dificulta acoplarse. En cambio, los menores que desde el nacimiento tuvieron contacto afectivo con su madre no tienen este tipo de conductas, e incluso se les facilita socializar. 

La malquerencia se hereda 

Lo preocupante es que la conducta de menores rechazados se hereda por generaciones. Individuos que recibieron un pobre cuidado materno, al tener hijos transmiten el mismo patrón de conducta, hasta la 3ª. o 5ª. generación; es decir: si sufrí abandono y por ende tuve conductas antisociales, es posible que mis nietos o bisnietos se comporten igual. 

Conocedora de esta profunda necesidad humana, Amma, una guía espiritual de India, ha dedicado su vida a aliviar el sufrimiento con un abrazo. En 30 años ha abrazado a más de 29 millones de personas. 

Se ha reportado que 30% de mujeres que sufrieron maltrato infantil, cuando son madres, expresan esta conducta hacia sus hijos, y los hijos lo repetirán cuando son padres; patrón que se repite en la conducta maternal. 

Una medida para prevenir que niños en situación de abandono tengan comportamientos antisociales es que de inmediato una madre sustituta les ofrezca muestras de cariño a través de estímulos táctiles. 

El actual sistema de maternidad: cunero de conductas antisociales. 

Se puede evitar que el individuo sea inseguro cuando joven y adulto, y encaminarlo a una buena socialización y relaciones amorosas, porque un bebé que tuvo un apego seguro con su madre o padre, puede ser un adulto exitoso. Pero los que no recibieron afecto pueden desarrollar fobia social. Por eso es muy importante que recién nacido el bebé se ponga en contacto inmediato con la madre, porque las primeras horas son esenciales para formar este apego o vínculo. 

El ruido nos mata en silencio 

La contaminación ambiental por ruido es gravísima, y todos estamos expuestos a niveles de ruido que deterioran la audición y nuestra calidad de vida. Y Ensenada se ha convertido en una ciudad majaderamente ruidosa haciendo la convivencia cada vez más hostil destruyendo la calidad de vida. Lo peor es que existe una legislación desde los 1950´s que es letra muerta. 

La investigadora Blanca Jiménez Cisneros dice que el problema menos atendido en nuestro país es la contaminación por ruido.

José Antonio Peralta del IPN, publicó “El ruido en la Ciudad de México” donde relata los estragos que causa: 

No sólo sordera. También provoca agresividad, contribuye al aislamiento, produce estrés, genera insensibilidad, afecta la eficiencia en el trabajo, interfiere con un buen desempeño de actividades y perturba el sueño. 

Reporta que la legislación sólo incluye daños por sordera, y no los fisiológicos y psicológicos asociados al ruido. Realizó un “muestreo” en el DF: durante una hora registró el ruido con la ventana del conductor abierta circulando en día hábil de 12-14 horas y registró 80 decibeles promedio. Pero como la ley sólo regula lo que sobrepasa los 90 db los choferes quedan desprotegidos. Peralta se pregunta: “¿Hasta qué punto la agresividad e intolerancia de los choferes son inducidos por el ruido en que están sumergidos?”. 

El otro punto que destaca es el ruido en ambientes de “diversión”. Peralta midió los decibeles en fiestas populares y encontró un nivel mayor al permitido en las fábricas. ¿Cómo entender que en momentos de esparcimiento las personas se pongan en riesgo? ¿Qué ocurre con sus oídos que un volumen tan alto ya no les causa molestias? 

La explicación es la atrofia auditiva, o “Hipoacusia”: la reducción de la capacidad de oír, producida por exposición prolongada a sonidos de alta intensidad. 

En centros de juegos con maquinitas encontró el mismo nivel de ruido que en las industrias.

Pero en todo México la legislación contra el ruido es tibia, y su aplicación casi inexistente. 

Estas leyes nacieron para proteger a los trabajadores de fábricas, pero ahora deben incluir a los ciudadanos en las calles y en sus hogares. Pero habrá que vencer intereses económicos y fomentar la convivencia respetuosa. 

¿Qué hacer cuando los vecinos ponen la música muy fuerte, ensayan su guitarra eléctrica o su batería, anuncian con altavoces sus productos, o suenan claxonazos bajo la ventana? 

El problema del ruido tiene soluciones legales, políticas y culturales. Más no se vio ninguna propuesta en las agendas electorales o legislativas que encare la necesidad de controlar el efecto negativo que produce esta dañina molestia. 

Eduardo Muscar (Universidad Complutense), escribió: el ruido en la ciudad “nos ha convertido en una masa de neurasténicos, agresivos, tensos, fatigados e insensibles y, sobre todo, incapaces de ver nuestro deterioro provocado por la integración del ruido en un sistema bárbaro de valores de vida urbana”. 

Requerimos más lugares sociales -parques, jardines, cafeterías, restaurantes y salones de baile- donde se pueda platicar sin desgañitarse. Pero, sobre todo, tenemos que dejar de producir ruidos, que son una agresión psicológica y fisiológica a nuestros semejantes.